Teachers of Sarmiento: Miss Mary Elizabeth Conway
Biografía:
Nació en Ballina (Tyrawley, Irlanda), en Julio de 1844. Emigró con su familia a Estados Unidos y recibido una férrea educación católica en el Estado de Nueva York. Era hija de James Conway (contratista) y Sarah Agatha O’Boyle (su madre), y prima del escritor Hugo Conway y vino a la Argentina durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, en el año 1877, para cooperar en su obra en el campo del normalismo.
Una de las tres maestras católicas que contrató Sarmiento, había estudiado en el Colegio del Sagrado Corazón de Rochester. Egresó con honores, tres idiomas y saberes mundanos como distinguir piedras preciosas, arreglar una mesa de banquete, decorar un salón.
Entretanto, el gobierno le asignaría la provincia donde trabajaría en los siguientes tres años. Los viajes desde Buenos Aires hasta el interior, de pocas horas o de dos semanas de duración, solían hacerse en tren, en diligencia o en un barco de lujo con camarotes, comedor y amplias cubiertas. A Mary Conway le tocó viajar en diligencia, vehículo al que describió como “un calamitoso artefacto tipo Black María (el vagón negro de prisión, sin ventanas), tirado por cuatro caballos de desgraciado aspecto”, en una carta a su hermana.
Una vez instalada en Paraná, Mary Conway se dedicó a estudiar español seis horas por día, además de asistir a clases como oyente. Cuatro meses después estaba lista, o al menos eso creía, ya que un maestro de Paraná le había dicho que su acento era tan impecable que podía ser confundida con una argentina. Sus alumnas, por su parte, se ahogaban sofocando la risa por sus errores: “Cierta vez me impusieron la penitencia de comer sola en mi habitación durante dos días, porque no pude contener la risa cuando al leer la Biblia en español, dijo ‘invernácul’ en vez de ‘tabernáculo’, contó una de ellas».
Luego de estudiar castellano cuatro meses en Paraná, fue destinada a la Escuela Normal de Tucumán, donde contrajo paludismo, aunque realizó allí una meritoria labor, respaldada por su ilustración. No podía haberse escogido una maestra peor calificada y con menor vocación misionera que Mary Conway para ese destino. Educada para brillar en bailes y salones de la alta sociedad, era difícil que pudiera apreciar la exuberancia y belleza de las selvas subtropicales, de los valles Calchaquíes o de la sierra de Aconquija. Era más probable que pusiera los ojos, como William Stearns, en el “despreciable lodo y las sucias chozas de paja” de los suburbios de la legendaria ciudad de San Miguel. William Stearns, a cargo de la dirección de la Escuela Normal de Tucumán, carecía de la fortaleza y el coraje que había mostrado su hermano en Paraná. Cuando la escuela se afianzó, hizo renuncia de su cargo y se instaló en Buenos Aires.
A fines de 1878, viajó a Buenos Aires a auxiliar a otra maestra, Agnes Trégent, que había fundado una escuela privada en la calle Reconquista. Después de la muerte de Trégent se presentaron ante Conway el presidente Nicolás Avellaneda y Manuel Quintana, que sería presidente veinte años más tarde, y le pidieron que continuara con la escuela. Sus alumnas la admiraban: ‘Mary era grande en todos los sentidos: muy alta, hermosa, digna, culta y con bellas maneras… Nuestro amor hacia ella estaba lleno de respeto e incluso de un gran miedo’, dijo Victoria Avellaneda, hija del presidente, que fue su alumna desde los once hasta los quince años.
Cuando Mary Conway concluyó su contrato en Tucumán, en octubre de 1878, ya instalada en Buenos Aires, puso en palabras su alegría por estar lejos de “los infelices, semianalfabetos y llenos de prejuicios adeptos al credo bautista de las escuelas primarias de Boston…” Sólo le faltó escribir el nombre de Sarah Boyd.
Enferma de paludismo en Buenos Aires, donde logró recuperarse y trabajar en el «Colegio Americano» de la calle Reconquista 4, regenteado por su amiga, la señora Agnes Trégent, quien falleció ni bien llegada Mary Elizabeth, quien debió tomar las riendas del establecimiento. Su quehacer resultaría incalculable a tal punto que posteriormente debió traer nuevas profesoras de Inglaterra y Francia. Conway se propuso formar a la mujer en aprendizajes docentes que la habilitasen para la inserción laboral.
Sus alumnas la adoraban y temían: “Mary Conway era grande en todos los sentidos: muy alta, hermosa, digna, culta y con bellas maneras… nuestro amor hacia ella estaba lleno de respeto e incluso de un gran miedo”, dijo luego Victoria Avellaneda, hija del presidente, que fue su alumna desde los once hasta los quince años. Cuando Victoria hacía travesuras, en vez de castigarla le decía: “¡Victoria no! ¡Derrota!” (“Ella sabía llevar a los niños. Jugaba con mi nombre, lo que me avergonzaba”). Ya fuera que hiciera uso del dinero de las damas de la beneficencia o del suyo propio, Mary Conway dejó a la escuela sin deudas. Para febrero de 1880 la American School estaba en lo más alto. La crisis de 1890 la obligó a trasladarlo a un lugar menos atrayente con lo que perdió cierto estatus social.
Dictó cátedras y pronunció numerosas conferencias, en las que desarrollaba los temas más diversos con gran facilidad de palabra. Este colegio estuvo instalado en tres edificios distintos, el último de los cuales se encontraba en Carlos Pellegrini y Juncal.
En los círculos allegados a la escuela se hablaba de su gran erudición europea, pero no la había adquirido en Europa sino en Buenos Aires, bajo una presión clandestina y febril. Todas las mañanas, a las seis y treinta, recibía al profesor Frecker, un inglés director de una exclusiva escuela de varones, que la dejaba a las ocho para presentarse en su establecimiento. Durante años, según escribió a Katherine, después de haber terminado con las clases estudiaba desde las nueve de la noche hasta las dos de la mañana. Se instruyó en latín, matemática, francés, teoría de la música e italiano. No creo que la señorita Conway haya podido mantener un ritmo de cuatro horas y media de sueño diarias durante años. Pudo tratarse de una exageración, pero sin dudas se dedicó a estudiar con esfuerzo, ya que su gran orgullo, decía, era poder reemplazar a todas las maestras, de cualquier asignatura. Más adelante, el profesor Frecker también le enseñó griego y hebreo.
Cuando Mary Conway lo conoció, al parecer William James Frecker se daba a la bebida, y su escuela, dirigida a los hijos varones de las familias patricias, iba barranca abajo. Casi un desclasado, impulsado a un autoexilio de Inglaterra por razones misteriosas, terminó en Buenos Aires para dedicarse a la enseñanza. Conoció a Mary Conway cuando ya era un aficionado al alcohol y no tardó en proponerle matrimonio. “¿Quién ha oído jamás que un borracho se reforme realmente?”, escribió ella a su hermana con crudo pragmatismo. “Además, amo demasiado mi independencia para renunciar a ella”. El profesor parecía estar muy enamorado. Ella lo rechazó pero le contrapropuso, si dejaba de beber, cenar juntos todos los domingos y mantener su amistad. Todo indica que él respetó su palabra y ella, además de cumplir con la suya, usó su influencia, que era mucha, para enviarle alumnos.

Mary murió en Buenos Aires el 3 de agosto de 1903. El Diario «El Orden» de Tucumán, publicó sentidas necrológicas acerca de Miss Conway. La familia Avellaneda ofreció su bóveda en el cementerio de la Recoleta para que fuera enterrada. Sus restos fueron trasladados a EEUU, y hoy en día descansan en el cementerio de Boston, Massachussets.
Mary Conway escribiría a su hermana: «en la Argentina se gana más dinero y consideración que en ninguna otra parte» y sobre sus habitantes agregaba: «Más los conozco y más me gustan. Nada los detiene para ayudar a un amigo.»
Las costumbres y la precariedad de la sociedad tucumana la espantaban. “En español no existe la palabra (referida al baño, o “water closet”) por la razón de que carecen de ellos -le escribía a su hermana-. Lo llaman ‘el lugar’. Las familias ricas usan bacinillas, que las sirvientas transportan con toda naturalidad y vacían en la calle. Yo misma he visto mujeres, en apariencia de buena posición, sentarse en el cordón de la vereda, a la vista de la Iglesia”.
A través de sus cartas la docente fue sin quererlo una escritora referencial de las formas de vida en los centros urbanos del siglo XIX. Allí diría «En esta ciudad de 20.000 habitantes, sólo hay cuatro casas además de la escuela, que tienen vidrios en las ventanas.»
Un diario local dijo: «Tenía el temple de las mujeres de su patria, no tuvo una sola tregua en su tarea de enseñar, fue una batalladora y al mismo tiempo de espíritu cultivado y sociable.»


