La muerte de José de San Martín

Todos los 17 de agosto, se realizan actos conmemorativos del aniversario de la muerte del General don José de San Martín en todo el país. Desde la misa en la Catedral Metropolitana, el tradicional homenaje del Regimiento de Granaderos a Caballo a su creador, pasando por cada escuela, organismo oficial, municipio y provincia, todos honramos la figura del Libertador general San Martín y los valores que representa.

Jose de San Martín nació un 25 de febrero de 1778, en Yapeyú provincia de Corrientes, en el Virreinato de la Plata (ahora en Argentina). Vivió en España donde sirvió como oficial en el ejército español. Simpatizando con los esfuerzos de las colonias americanas de España de ganar su libertad, volvió a Argentina en 1812 y comenzo a formarse un ejército revolucionario para ayudar en la lucha por la independencia. En 1817 incentivó a la fuerza rebelde a cruzar la Cordillera de los Andes a la altura de la provincia de Mendoza, derrotó a los españoles en Chacabuco, Chile, y ocupó la capital chilena, Santiago. En 1818, siguiendo su decisiva victoria en Maipú, estableció un gobierno nacional en Chile pero rechazó la Presidencia en favor de Bernardo O´Higgins. En 1820 San Martín organizó una expedición para liberar a Perú del dominio español. Derrotó al ejército español en Pisco en diciembre de 1820 y ocupó Lima, donde un año despues proclamó la independencia y fue declarado protector del país.Producto de la resistencia española fue forzado a requerir ayuda militar del General y libertador de Venezuela Simón Bolivar cediéndole el mando de su ejército. En 1824 San Martín fue a Europa, donde se quedó hasta su muerte en Boulogne, Francia.

SE ACERCA EL FINAL

Cuando San Martín decidió iniciar su exilio, partió hacia Europa en compañía de su hija Mercedes. Pasó por Londres y luego se instaló en Bruselas, pero fue Francia el destino elegido para pasar el resto de su vida.  El lugar preferido de José Francisco fue Grand Bourg.
Cuando su situación económica mejoró, pudo adquirir una propiedad en París, en el barrio de Boulogne Sur Mer. A partir de ese momento, pasó los veranos en la finca de Grand Bourg y vivió el resto del año en París.

Parado frente a la costa del Canal de La Mancha, sus ojos neblinosos tratan de hurgar infructuosamente a través de esa ceguera que lo mortifica y amarga. Mira con intensidad, tratando de ver con los ojos velados de la nostalgia, a aquella tierra lejana, que lo había visto nacer, a la que había dado Libertad e Independencia. Sus ojos negros que habían visto la Gloria de América, ahora lo habían sumido en la oscuridad que lo martiriza. Le ha sacado el placer de la escritura y la lectura.

Tomado del brazo de su amada Mercedes, caminaba por la cima de los acantilados de Boulogne Sur Mer, mientras la brisa marina, le depositaba en los labios el sabor salado del mar. Lo oye, lo huele, y lo saborea. Sabe que el mar está allí. Pero no puede verlo.
De repente, percibió que algo pasaba. No se sintió bien. Una puntada en el pecho, un mareo, el adivinar que la Parca lo besaba. Y en francés le dijo a su hija amada:

– ¡C’est I´ourage qui mène au port! («¡Es la tempestad que lleva al puerto!»)

Rápidamente fue llevado al 105 de la Grand Rue, y recostado en su lecho, se sumió en profundos dolores estomacales.
Fue el 13 de agosto de 1850, hace 170 años.
Así, sin estridencias, con estoicismo y humildad, quedamente, sin rencores, quejas ni reproches, con la tranquilidad de conciencia que sólo tienen los justos, se iba apagando como un débil candil, la vida del Argentino Más Grande la Historia, Libertador de Tres Naciones, Don José Francisco de San Martín y Matorras.
Sabía que se moría. Pero lo haría como vivió toda su vida, con dignidad.

El 17 de agosto, cuatro días después, entraría en la Inmortalidad y la Gloria Eterna, el Padre Nuestro que está en el bronce.

 

Así informaron en Francia la muerte de José de San Martín

El periódico L’impartial de Boulogne Sur Mer publicó una necrológica de nuestro prócer. Escrita por su amigo Adolph Gérard, dueño de la propiedad que alquilaba y tal vez uno de sus últimos amigos. Efectivamente en el número 121, del 22 de agosto de 1850, Gerard contó la notable trayectoria del Libertador, fruto de sus largas conversaciones.

Adolph Gérard, también, presentó sus respetos a la familia Balcarce con una conmovedora nota:

Solo me resta decirle nuevamente con el corazón oprimido, la inmensa aflicción que mi esposa y yo mismo sentimos, y que vosotros habéis tenido. Estamos muy orgullosos de la presencia bajo nuestro techo de ese anciano de tan noble carácter. Para nosotros, esta casa estaba con él aureolada y su desaparición deja en ella un vacío que afecta también nuestras almas, y que no se completará fácilmente.

Nota de Adolph Gérard, agosto de 1850

Acta de defunción del registro de Boulogne-sur-Mer

“El año 1850 y 18 de agosto a las 11 de la mañana, delante de nosotros abajo firmantes (…), han comparecido Francisco Javier Rosales, Encargado de Negocios de Chile en Francia, residente en Paris, de cuarenta y nueve años de edad, amigo del citado más adelante, y Adolfo Gérard, abogado de cuarenta y cinco años de edad, igualmente amigo del citado más adelante, los cuales nos han declarado que José de San Martín, Brigadier de la Confederación Argentina, Capitán General de la República de Chile, Generalísimo y fundador de la libertad del Perú, residente en Boulogne, nacido en Yapeyú, provincia de Misiones (Confederación Argentina) de setenta y dos años, cinco meses y veintitrés días, viudo de Remedios de Escalada, hijo del Coronel Juan de San Martín, Gobernador de la susodicha provincia de Misiones, y de Gregoria de Matorras, ambos fallecidos, ha muerto ayer a las tres horas de la tarde en su domicilio, Grande Rue 105, como así nosotros nos hemos asegurado”.

Necrológica del fallecimiento del General San Martin en el periódico L’impartial de Boulogne Sur Mer

Cómo fueron los funerales del Libertador en Boulogne-sur-Mer

En la cláusula cuarta de su testamento, San Martín prohibió expresamente que se le hiciera ningún género de funeral, y ordenó que desde el lugar de su fallecimiento se lo condujera directamente al cementerio sin ningún acompañamiento.

Esta disposición fue respetada a medias dado que, una vez concluido el procedimiento tendiente a embalsamar los restos del prócer, el 20 de agosto se dio inicio a un discreto funeral.

Al respecto, Félix Frías, testigo privilegiado, nos dejó en su necrológica –publicada en varios periódicos- los pormenores de la histórica ceremonia: «El 20 a las 6 de la mañana, el carro fúnebre recibió el féretro, y fue acompañado en su tránsito silencioso por un modesto cortejo. Cuatro faroles cubiertos de crespón negro adornaban encendidos los ángulos superiores del carro. Seis hombres vestidos con capotes del mismo color marchaban de ambos lados. Detrás iban el señor Balcarce, llevando a su derecha al señor Darthez, antiguo amigo del General, y a la izquierda al señor Rosales, Encargado de Negocios de Chile. Marchaban enseguida don José Guerrico, un joven de Buenos Aires, el hijo de su hermano don Manuel, el doctor Gerard y el señor Saguier, vecinos ambos de Boulogne. El acompañamiento era humilde y propio de la alta modestia, tan digna compañera de las calidades morales y de los títulos gloriosos de aquel hombre eminente. El carro fúnebre se detuvo en la iglesia de San Nicolás. Allí rezaron algunos sacerdotes las oraciones religiosas en favor del alma del difunto. En aquel momento noté en una de las naves del templo la tumba dedicada a la memoria del almirante Bruix, padre de dos bizarros oficiales – Alejo y Eustaquio Bruix- , que murieron en América, sirviendo la causa de su independencia a las órdenes del mismo jefe que hoy venía a confundir sus restos con los del célebre almirante. Sobre la piedra de esa tumba se leen estas palabras, que pudieran bien grabarse en la del vencedor de Maipú, con la diferencia de que la patria del general es grande como el vasto teatro de sus hazañas: «Tan buen padre como gran general. Su familia y su patria le lloran».

Luego de la breve ceremonia efectuada en la iglesia de San Nicolás, que fuera consignada en los registros parroquiales por el padre Lacomte, a la sazón sacerdote y gran Prior, el convoy fúnebre continuó hasta la Catedral de Notre Dame de Boulogne-sur-Mer, en donde el ataúd que contenía los restos del Libertador fue depositado en la cripta de la Catedral, tal como estaba previsto, sin más ceremonias.

De esta manera, llegó el momento del descanso final para quien exactamente treinta años antes, el 20 de agosto de 1820, encaraba la etapa final de su plan libertador. Según Ricardo Rojas en El Santo de la Espada: «El 20 era aniversario de la fecha en que San Martín partió de Valparaíso al Perú, con la expedición libertadora que fue la misión de justicia de su vida. En un día igual, su cuerpo yerto fue inhumado en tierra extranjera, más hospitalaria que la propia patria. Su espíritu inmortal, ya libertado él mismo, había partido para otra expedición, por el océano de sombra, rumbo al puerto de la eterna justicia de que él hablara a su hija en vísperas de morir».

Félix Frías escribió: «Allí descansará hasta que sea conducido más tarde a Buenos Aires, donde según sus últimos deseos, deben reposar los restos del general San Martín. Fiel siempre a sus hábitos modestos, había él mismo manifestado la voluntad de que su entierro se hiciera sin pompa ni ostentación alguna, y así se ha hecho».

El yerno del Libertador, Mariano Balcarce, en carta fechada el 7 de septiembre de 1850, dirigida a su amigo Manuel Guerrico, dedicó un párrafo a la Catedral de Boulogne como destino provisorio de los restos de su suegro: «Hasta el digno y respetable abate Haffreingue, que sin otros recursos que su trabajo personal y las limosnas que recoge de los fieles, empezó hace cerca de 18 años, la colosal empresa de reedificar la Catedral de Boulogne, que está ya muy adelantada, nos ha manifestado el mayor interés y permitido que sean depositados en las bóvedas de dicha Catedral, los restos mortales de Padre, hasta que sea posible trasladarlos según sus deseos a Buenos Aires».

Por su parte, Adolphe Gérard, el último amigo de San Martín, en lo que a diligencias se trata, no dejó detalle librado al azar; este noble ciudadano el mismo día del funeral envió al cobrador de la Oficina de Beneficencia una donación de 400 francos para los pobres de la ciudad de parte de la familia del Gran Capitán.

“En esta casa falleció el 17 de agosto de 1850 un ilustre soldado de la Emancipación Americana, el General Argentino José de San Martín, Libertador de Argentina, Chile y Perú”

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