Gaby, la “chica de las frutillas” que inspiró a su maestra

“Contámelo otra vez”

Se presentó a un examen de Geografía sin haber estudiado porque no tenía libro ni carpeta. Pero habló de lo que sí sabía: la cosecha de frutillas. Su “profe” ahora escribió un libro sobre esa experiencia.

La historia de “la chica de las frutillas” se leyó en más de veinte países. Se trata de una alumna de un paraje rural, a 15 kilómetros de Mar del Plata, que se presentó un día a clase sin haber estudiado porque no tenía libro ni carpeta. Pero dio un examen que dejó con la boca abierta a sus compañeros y a su propia maestra. Habló de sus recuerdos en Bolivia, de la cosecha de la frutilla y, sin quererlo, deslizó en el silencio de su aula una denuncia sobre la trata laboral y el trabajo infantil.

 

Su alumna, Gabriela, había llegado de Bolivia hacía unos 10 años. Y se instaló directamente en el campamento de frutillas ubicado en el paraje La Gloria de la Peregrina, como muchas otras familias bolivianas

El día del examen su voz apenas se escuchaba en el aula. Lucia Gorricho, profesora de Geografía, había sido convocada para tomar las pruebas. Y cuando la chica dijo que no había estudiado, ella optó por aplicar “lo que aprendí en años de educación popular”, según le contó a Clarín.

No la despidió con un aplazo en la libreta, sino que le dio la oportunidad de contar algo de lo que sí sabía y justificara al menos un 4. Y la estudiante no la desaprovechó.

“¿De las frutillas sabes algo?”, le preguntó. Y Gaby abrió sus ojos negros como monedas de oro: en dos horas silenciosas y seis prolijas carillas escribió cómo se trabaja en los campos de siembra.

Dijo que algunos niños trabajan allí a partir de los 13 años y algunas embarazadas también, y que “casi todos los bolivianos trabajan en el campo y siempre llegan cansados y que no le toman importancia a sus hijos, que nunca le preguntan nada qué cómo estás o si tiene algún problema en la escuela”.

Así comenzó el examen Gabriela. Y la profesora juró que nunca corrigió una evaluación con tanto entusiasmo como esa.

“Enseguida puse el examen en las redes”, contó la profesora. Del blog (http://luciagorricho.blogspot.com.ar/2016/04/) lo tomaron primero medios marplatenses y luego nacionales, y la difusión fue inmensa. Pasó de tener 200 visitas a recibir 300 mil en un puñado de horas.

“Recibía un mensaje de texto, no terminaba de leerlo y me sonaba el teléfono en la mano. Fue una locura”, recordó Lucía. Y las frutillas se transformaron a partir de ese día en una obsesión. Tanto, que le dio forma de libro. “Frutillas” lo tituló.

Dice que a partir de la viralización y el debate que se abrió sobre la educación y el trabajo infantil, recuperó el entusiasmo en su vocación docente, que había perdido durante los últimos años.

Lucía es algo crítica con el sistema educativo actual. “Creo que el problema está en todos los estados modernos, que funciona igual en todos lados. No es el problema de un país. Hay un docente que se para delante de un grupo numeroso de alumnos, guías de preguntas y evaluaciones estandarizadas. Es eso, se busca estandarizar, como si se tratara de fábricas de pensamiento”, opina.

Lucía entiende que “hay que humanizar esas instancias. Somos personas y como tales hay que tratar a los chicos. Se pueden generar situaciones alternativas al sistema oficial”.

Con “Frutillas”, Lucía cree haber encontrado la excusa para hablar de lo que más la apasiona.

“Es un libro de educación y trabajo. Está dividido en cuatro capítulos. El primero es sobre la viralización y los comentarios que impulsó el texto de Gabriela. Ahí cuestiono la forma tradicional de evaluar y describo distintas experiencias didácticas”, cuenta la docente.

Hija de un matrimonio de sociólogos, hace doce años que dicta clases en escuelas públicas y privadas. Se entusiasma cuando habla de corrientes pedagógicas de referencia para Sudamérica, que incluye en el tercer capítulo de “Frutillas”, y hace una reseña de experiencias ancladas en la educación popular.

En el libro habla del educador brasileño Paulo Freire de los pensadores Ivan Illich y Jacques Rancière. La profesora recuerda que luego de la viralización “se empezó a hablar de Freire y se generó una buena movida entre los educadores”.

Aunque no todas fueron buenas noticias después de semejante rebote mediático, que incluso llegó hasta la BBC. Su teléfono no dejó de sonar durante meses, productores y periodistas querían que les contara su historia y la de Gabriela, y entre elogios y loas, cosechó reproches y voces de reprobación (“me acusaban de facilismo, de aprobar a cualquiera por más que no haya estudiado: ¿Acaso no era más fácil ponerle un 1 y listo?”).

La escuela de Sierra de los Padres donde aprobó a la alumna que no había estudiado nada recibió durante un buen tiempo reiteradas visitas de inspectores.

“Me querían abrir actas porque no había seguido los contenidos de la materia, pero por suerte supe explicar que Gabriela, en su examen, hablaba de Geografía en un contexto socioeconómico. Y lo hizo tan bien que una periodista boliviana se dio cuenta de que estaba hablando de Cochabamba, pese a que en el texto nunca lo menciona”, recuerda. Gabriela y su familia son cochabambinos.

En el examen, la alumna describió sus montañas chicas, la receta de habas secas que cocinaba su abuela y la distancia que existía desde su casa hasta el río “donde las mujeres del pueblo van a lavar la ropa cargando un aguayo en la espalda”.

“Cuando es de noche -escribió Gabriela con letra prolija y redonda- todas las luces se encienden en todos los colores y yo escucho tambores y cosas así como una banda porque mi casa está en una montaña”.

El caso del examen de Gabriela llegó también a los tribunales federales por haber dejado al descubierto el trabajo infantil. En su escrito, la alumna detallaba con total inocencia cómo era su labor en el campamento de frutillas. Decía: “Las frutilla se cosecha en cunitas, en un carrito y un balde. El balde es para los descartables y la cunita es para armar las cajas. Eso se llama embalada. A mí me gusta embalar y armar cajas”.

Y agregaba: “ A las frutillas se les pone esa cosa rara. Las riegan con un tubo que está debajo del plástico”. Una fiscal federal también se interesó en saber si “esa cosa rara” mencionada en el examen era un agroquímico.

Aquel examen de abril del año pasado Gabriela lo aprobó con un 4. Y pasó a tercer año. Aunque luego repitió. Sus papás ya no trabajan en el frutillar, tampoco ella.

Lucía, que ha ido a visitarla varias veces, la ayuda con sus estudios. Y su alumna se lo agradece. Un día le dijo al oído, bajito: “Usted me llenó la mente de ideas”.

Fuente: Clarin

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